_escretores

 

 

 

CIANURO. [columna vertebral]

Eran vecinos de críos. Lloraban en el cuarto de contadores del sótano, donde las cocheras, también se emborrachaban y fumaban allí de más mayores. Iban en las motos. A él lo encierran, ella es puta. Los dos son yonquis. Mi yo muerto los observa, son la antítesis de lo que fue mi vida pero son como yo, sólo que salieron torcidos. Los acompaño, los narro, los vivo, me enamoro de Flor y me enamoro de Flaco, crezco con ellos. Al Flaco lo encierran. Ella le cuida. Flaco sale del penal y de pura vergüenza desaparece, Flor queda sola, aunque ambos siempre han estado solos, perdidos y solos.
¿Cómo se le quita la vida un muerto?
Ya no quiero estar aquí ni sentir lo que siento. Amor Flaco y amor Flor. Abrazado a ella, la mato, y a él también pero yo no muero; yo soy la vida y la vida me vive a través de los demás. Amar es en línea continua. Y yo, sin aprender a suicidarme, sigo y sigo. Cientos de vidas como las de ellos y mejores y peores, me pasan, me nacen, me hacen sentir y se mueren para que yo siga vivo. Las recuerdo y las olvido. La espiral.
El gato no sabe qué es ser, o estar vivo.
Prosa poética, dura, directa y sin moral.

*Soy idiota, pensando en terminarla para que sea ella la primera que la lea,
y ella no es nada, ni yo ya soy nada.

 

Ahora sólo firmo en las casetas de la Feria.-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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yo no he sido

 

-Y empezaré por el principio.

 

Primera parte

 

 

_una canción.

Todo el mundo tiene una canción que hace suya; alguna que le recuerde la primera vez que le metieron mano, o el día del parto de algún hijo. Otros la tienen para el primer beso, el día de la boda; o quizá les evoca la imagen de comunión de una hija. Hay tantos mundos como personas humanas, pero muchos menos que canciones. Yo no he tenido fidelidad suficiente, para ser una de esas personas que dicen: “Mi canción” o ¡Cari! ¡Nuestra canción! No.

A la única parcela de la vida, a la que siempre me he mantenido fiel, es al hedonismo. Al hedonismo en general. Es el año 84. Estoy cumpliendo, con diecinueve años, mi servicio militar obligatorio en el Madrid de la gloriosa década agitada. Volví a hacer cumbre en ese año tras vivir durante dos en el desierto de una habitación cerrada. Algo no muy meritorio, lo del hacer cumbre, en una persona tan alérgica a los descensos; yo en cuanto sentía que estaba tocando la cima, ya me temía la bajada.

*  *  *

 

¿Vosotros también sois así?  -le preguntaba mentalmente a cualquiera que estuviese en el andén.

Acabo de besar la espalda desnuda de mi chica dejándola dormida en la cama; y ahora dudo de si ella se merece lo que pueda sucederle.

Lo de Almudena era algo muy bueno. Era una cumbre. Yo estaba feliz, pero sentí miedo como siempre, y me puse a recordar.

Desde que tengo uso de razón siempre he sido un desastre; un auténtico manazas con las cosas del vivir y con los sentimientos. Voy siempre con la sensación de que ni te intereso ni te convengo, así que, si te has cruzado en mi vida y de verdad valías la pena, no habré hecho más que utilizarte y alejarte de mi lado, aún sin pretenderlo muy conscientemente. Nunca he prestado demasiada atención a lo mundano. Ni a las personas tampoco.

Con lógicas excepciones. Y sobre todas ellas, la de la confirmación de todas las reglas. Una niña-mujer que me cambió por dentro enseñándome un concepto nuevo del amor. Y es que la primera vez que tuve sexo contra el opuesto, fue con ella. Contra Lee. Ella tenía dieciséis años recién cumplidos, la misma edad que el cabrón hedonista en que yo ya me había propuesto convertirme. El mundo era hostil para un crío de dieciséis años a mediados de los ochenta; no os creáis nada, los ochenta no fueron para tanto. Mi defensa contra el resto del mundo fueron siempre las trincheras, y el sexo, me ofreció un interruptor para salir del barro ocasionalmente, y poder bailar a ratos, desnudo bajo la lluvia.

 Tenía problemas. En cuanto llegué a los quince años, mi cabeza se inflamó haciendo reventar toda la anterior inocencia, y en la devastación, me dejó divisar a las personas y a las cosas con demasiada claridad. En apenas unos meses, todos los demás me parecieron hipócritas por interés y demasiado simples por elección personal. Algo cambió. Fue lento y paulatino, y comenzó a los once años para culminar a los trece esa primera fase. En cuanto llegó la madre Constitución, cerré una niñez longeva en una etapa en la que todo era gris en derredor, y la adolescencia, automáticamente, me abrió estos dos grandes agujeros: la comprensión repulsiva de una nueva realidad en las personas que me rodeaban, y la posibilidad de saltar del tren, para vivir la libertad que ningún púber había tenido antes que nosotros, en, al menos, cincuenta años.

Eran un par de agujeros hondos. Comprender cómo funciona el mundo y cómo funcionan la mayoría de las personas, fue sólo el primero.

La publicidad, los políticos, la familia, los amigos, y todos los seres que me rodeaban, que eran muchos, muchos, se me aparecían desnudos y no los podía soportar. Era un mundo entumecido repleto de personas con caretas a las que ya no reconocía; eso me robaba el aire y yo no quería vivir así. Todo era una puta mentira. Tendría que existir otra manera. Si no, viviría solo.

Manejarme en esa asfixia, me impulsaba también a buscar una salida; a querer distanciarme de quien me estrangulaba, y a buscar reflejos en personas donde mirarme para poder escapar a la falta de aire limpio. No soportaba bien la vida. Me duele decirlo, pero en aquellos años, había salidas y reflejos que además me permitían saltar de un tren en el que yo ya no quería viajar.

Así empezó el calvario. No es una queja. Es el segundo agujero.

He sido como uno de esos individuos que atraviesan un tramo lleno de brasas por propia voluntad pateando bien los rescoldos en cada zancada, para que aparte de ver como me abraso avanzando, también se me oiga bien al ir llegando. Un descentrado con poco vello púbico, que saltaba en marcha de los trenes cuando empezaban a oler mal.

Me lo he fumado todo, me he comido más de la mitad, y me he metido casi cualquier cosa que pudiera diluirse en el líquido elemento.

Tengo un petate repleto de culpas: soberbia, suficiencia, desprecio, rabia, desinterés, prepotencia, misoginia transitoria, y un montón de cosas más que vosotros me llamaréis a medida que yo os cuente lo que soy. Admito que soy huraño, solitario, que bostezo hablando con la mayor parte del mundo, que quizá no me he portado de manera elegante con quien me ha querido bien, y que algunas mujeres hubieran deseado sacarme los dos ojos con sus manos.

Es tarde.

Por fin, he conseguido perdonarme algunas cosas y culminar una eterna ‘transcisión’, en la que andaba buscando constantemente un mundo mejor.

O al menos un sitio donde me dejaran vivir en paz.

Eso es lo que ahora tengo. Un agujero. Un lugar donde vivir a pesar de mis fantasmas, en el que he encontrado algo de paz y donde escribo, pinto, leo, grabo y compongo, con la tardía pero bienvenida fortuna, de que eso me procura unos ingresos suficientemente holgados. No voy a quejarme, nunca lo hice; tan solo voy a exorcizar un montón de pecados, y a contar cómo he llegado desde la pubertad hasta hoy, dejando un rastro brillante de vísceras, tras el continuo seppuku, harakiri, o hara-kiri, en lo que sólo yo la convertí.

 

 

 

ejercicio

 

 

Querido diario de algunos días: hoy es un día.

 

Hoy es viernes y estoy solo en casa recién llegado de la vida de anoche. Podría decirse que anoche estaba vivo, mañana no lo sé. Esa pequeña resaca que te deja el haber vivido algo con intensidad, haya o no drogas y alcohol, me suele llevar a reflexionarme. Resulta, que hace un par de semanas tuiteé que me siento como si estuviera finalizando algo, como agotado ya por ese algo y con la emoción del instante previo a empezar con otro algo. Llámalo premonición, intuición, vibración, o cualquiera de esas cosas estúpidas que no significan nada. Son sensaciones que aparecen y que con el tiempo –si las sientes-, aprendes, a que no hay otra cosa que hacer que abandonarte y sentirlas. Sentir y trascribir. Traducir. No están en la realidad pero te la explican. Si tienes buena predisposición, vivir te enseña muchas cosas. Pasadas hoy dos o tres semanas desde que escribí sobre esa sensación (sin llegar a los 140 caracteres), llegó el lunes pasado. Un lunes. Da igual, el pasado, el que viene, o el que nunca va a llegar. Uno. Sonó el teléfono a las nueve de la mañana; lo cogí, y tras citarme para tener una precipitada reunión con una chica de RRHH, colgué. Me ofrecían trabajo. Fui a ver. Pasada la entrevista con la señorita, ésta me derivó a otra sala de espera donde me aseguró que me llamarían en cinco minutos. Ni uno más. Pasé a otro despacho a conocer al que ya va a ser mi jefe. Distendidamente y en un bar tomando un aperitivo -tras conocerme-, me estuvo explicando el trabajo que yo iba a desempeñar, y aunque realmente me encaja casi todo como anillo al dedo, la frase que más me embelesó fue: “Muy mal, muy torpe, y muy gilipollas tendrías que ser, para no tener trabajo en nuestra empresa hasta que te jubiles”. Eso hoy se dice poco. Del trabajo, lo único que os diré es que no siendo de salario desorbitado, desempeñaré una función técnica de las que se hacen con las manos y que trabajaré solo, con un coche de empresa, y en horario de tardes hasta las doce de la noche. Y así es la vida. Llevo nueve meses trabajando y acabo de empezar una nueva novela. Ya ves, mantengo la esencia del idiota.

* * *

 

ayer estuve en el hall

 

ayer estuve en el hall

ayer estuve en el hall

ayer estuve en el hall

ayer estuve en el hall

ayer estuve en el hall

 

 

Anoche, trabajando (mi trabajo no termina hasta las doce), yo no tenía que estar en ese hall, en ese banco, en esa oficina. Fui por propia voluntad. He estado ya otras veces trabajando en ella y sé perfectamente quién duerme en ese hall. Es un poco más joven que yo. No recuerdo su nombre aunque me lo ha dicho. Siempre que he ido, o está leyendo un libro, o está acurrucado en un saco de dormir durmiendo a su lado. Lo conozco. He sido él. Él estaba tirado en el suelo sobre el saco de sus mierdas, y junto a él, “El mito de Sísifo”. Se alegró de verme. Le compré unas cosas que le dieron dinero para que él comprara otras cosas al día siguiente y salimos a sentarnos en un banco de los del mobiliario urbano que hay frente a la oficina. Fumamos de lo mío y charlamos. Dormirá en la calle hasta cuando muera su madre de 83, entonces heredará una planta baja en propiedad y unos 60.000 euros. Es triste pero es la vida. Al rato nos dimos la mano y me fui. Me metí en el coche, cerré las ventanas y lo llené a buen volumen de música clásica. Terminé mi jornada laboral dando vueltas por la ciudad, y nada más. Todo parecía estar bajo el manto de una luz naranja. Quizá lo estaba. No volví a casa. Terminó el trabajo. Perdí los papeles.

 

tornazoul

 

 

QUITARSE.

ME VOY A QUITAR  -FUTURO-.
Diario pre-menstrual.
Basado en el hoy mismo y en los días sucesivos,
en que verás como gesto otro color.

 

Querido Diario;

Tienen razón. No tengo edad. Carezco de. Se vive tranquilo y seguro en el abandono pero ya no tengo edad. Duermo vestido y acurrucado. Me asomo a una pantalla de ordenador para relacionarme y a la única gente que entiendo, es a la que le doblo la edad y me cabe bien adentro. Es triste cuando vuelves a sentirte despreciable, tan inseguro y débil, que sólo te quitas esa sensación a base de drogas -lo que a su vez te hace que seas a cada minuto más inseguro, triste, débil…, y ahora, además, un ser marginado-.
Nadie me ve dormir vestido ni dejar de limpiarme los dientes.
Nunca nadie, salvo yo, ve las gotas de sangre estrellarse en el suelo.
Todo es rojo decepción.

En el ordenador soy uno más. Justo, el uno menos. La deuda o los meses de cárcel que me piden, no salen a colación cuando me siento poeta sentado en mi silla.
Me voy. No me gusta este contexto tan frío que me está quedando.
Amo a personas que no existen, y follo con mi vecina para castigar la poca carne que aún en mi cuerpo respira -en apariencia-. Es agotador. Sin máscara es imposible, y lo que se ve detrás, cada vez se deteriora más y más por tratar de respirar en un mundo que no puedo soportar. Sólo trato de apagar los sentimientos de metal y poder hacerlos romos a base de drogas-cortina, que riman con esta última palabra.
La última de todas las palabras.
No existe heroína buena, la mataron la pasada temporada.
Todo, es como la suciedad que sentirías si dejaras de ducharte dos semanas.
Todo pesa. Todo huele y ya no sé ser, sin esconderme.
Si yo no salgo de aquí tú jamás vendrás a verme…, cariño,
sé muy bien que va a doler pero en apenas un mes volveré al azul intenso.

Mi niña interior y su fucsia de fresa me esperan.

 

 

 

 

qué cabrones

 

El pequeño cabeza de trapo tenía un amigo con una cabeza de ajos. Ambos rondaban los 17 y tenían por conocido común a un tipo ya en la veintena que lucía una tripa con pelos, conducía un dos caballos, y al que llamaban “El químico”. El gordo con barba les explicaba cada tarde en el ‘Isadora’, como había practicado en el corral trasero de su planta baja unos agujeros de un metro cúbico cada uno. A la quinta woll-damm ya les explicaba, y explicaba, y explicaba, cómo iba cubriéndolos a capas de un palmo de ancho con tierra tratada, estiércol, más orgánicos y sustratos variados, hasta conseguir unos habitáculos apropiados para trasplantar semillas germinadas sobre algodón empapado que guardaba siempre en el armario. Los dos sin cabeza, al tercer canuto, ya lo miraban con la boca abierta y un hilo de babas colgando en una especie de trémulo baile gesticular que al químico le parecía ser una señal de una plena atención a lo que él decía. Era todo muy marciano. Con el paso de los meses, el gordo siguió hablando y hablando como un puto padre primerizo sobre cualquier mínimo avance de su criatura, y de agujeros grandes milimétricamente practicados, con el tiempo, pasó a estar hablando ya de dos metros de criatura a la que no llegaría a poder abrazar ni un jugador de basket afroamericano. Eso decía, pero la frase maldita fue: “tan altas son, que se salen medio metro o más por encima del muro trasero del corral”. Pensaron que exageraba. Esa misma noche los dos medio-hombres y un Vespino, se disfrazaron de Paul Newman y Robert Redford e hicieron de su destino el comprobar.
Hay que comprobar. Efectivamente. Eran más de las doce de la noche y aun así, desde el huerto de naranjos con el que lindaba la casa del criador por la parte del corral se podían ver las ramas vegetales apuntando hacia la luna de no menos de cinco plantas. Otra frase lapidaria: “En el taller mi padre tiene una escalera larga de aluminio de tres cuerpos”.
Tres cuerpos no sé, pero dos a mal formar ya estaban en el Vespino rumbo al taller mientras la frase aún estaba rebotando en la pared y escondiéndose entre las ramas de los naranjos.
12:30 p. m.
Dos descerebrados ciegos de hierba y de cervezas,
un Vespino, una escalera;
la suerte está echada.

Al artilugio le sobraba cuerpo y medio para llegar a la altura deseada, y una vez conquistada la cima del muro por uno de los dos amigos, quedaron un instante pensando en el cómo sería mejor. La opción ganadora fue la de descolgar medio cuerpo dentro del corral mientras a media escalera, el sin cabeza número dos, sujetaría las piernas del recolector que estaría con la pelvis colocada sobre el canto del muro a modo de bisagra. La idea inicial era coger todas las puntas de todas las plantas a las que pudieran llegar, y lo más abajo del tallo a donde pudieran llegar.
Todo el plan estaba un poco abierto.
Para empezar, no habían previsto llevar nada para poderlas cortar y eso sí fue un hándicap, aunque la neurona común a todos los descerebrados del universo, automáticamente, les gritó: “¡Ttronchar!”. Tronchar. No es nada sencillo tronchar un tallo verde y jugoso por el que corre la savia y el thc.

-No parte –dijo uno en agrio tono.

-¡Dobla y tira! –le respondió el otro como si estuviera subiendo una apuesta en un juego de cartas españolas.

Dobló y tiró. Al quinto o sexto tirón la planta decidió que mejor sacaba los pies del tiesto y se dejaba hacer, o de lo contrario esos salvajes le iban a romper las cervicales. Todos lo agradecieron. Para las siguientes intentonas ya se saltaban directamente el paso de ‘doblar’.
Cinco plantas enteras, prensadas a golpe de John Smith, se quedaron reducidas a media docena de bolsas de basura de tamaño común.
Una paquetería a todas luces intransportable en un Vespino junto a una enorme escalera de aluminio de tres cuerpos.

-La dejamos aquí, y mañana antes de entrar a currar al taller vengo y me la llevo.

Todo bien. Una bolsa sobre el cuadro del Vespino, y sobre esa, otra que sujetaba el conductor entre las piernas apoyadas sobre el pequeño motor. Ya sabéis.
El otro detrás con los pies en los pedales.
Dos bolsas también entre pecho y espalda, y una más en cada mano.
Para verlo.

 

A los dos días en el ‘Isadora’, el químico les contó que le habían robado una planta. Por lo visto, habían utilizado una escalera larga y luego se la habían dejado allí abandonada. “Qué cabrones”, dijeron ellos.

Pasada una semana, un padre le dijo al hijo que creía que habían entrado a robar en su taller para llevarse una escalera. Todos sabíamos que no iba a ir nadie al huerto de los naranjos a recoger esa jodida escalera, y el chico sin cabeza se limitó a responder a su padre algo que ya había aprendido:
“Qué cabrones”.

El suelo de una cocina era verde clorofila.
La secaban en una sartén. Les duró un mes. Sonaba ‘Eskorbuto’.

No quiero ser el mejor, no quiero ser elegido
Presidente del Gobierno
de un país que está hundido…”

 

Costumbrismo patrio.

 

 

 

punto

 

 

Mucho tiempo sin escribir,
la culpa es color dolores y la textura que luce es decepción.

Ambas me dejan atenazado con el alma y lo de adentro hecho una bola de papel, y como nadie es culpable,
me quedo con la inocente soledad y una tristeza impotente
que una vez finalizada la jugada,
me hace sentir otro nadie entre tanta humanidad.

Nada me pone más triste que depositar cariño y sentir curiosidad por un igual, hasta el día en que parece que molesto.
Me importa muy poca gente, y cuando me importa,
me ciego tanto que puedo llegar a sentir que hay conexiones
mientras que la cruda realidad, es que yo no voy a salir en esa foto.

Es triste ser triste, ganamos muy pocas veces.

Perder es romanticismo y a la vez es condición para que el mundo asustado,
suelte el cabo que le une a quien no sabe vivir entre ‘felices’. Soledad.
No estoy aquí para quejarme, no me gusta como postura vital,
estoy para desahogarme,
para compartir mi tristeza con alguien
y sobre todo             para volver a escribir.