_aprendiendo

 

 

Desde muy niño me ha gustado jugar a sentir que estoy solo en el mundo.
Todo empezó un buen día, y como de tantas otras cosas, suelo recordar perfectamente los principios.
Era muy pequeño.
Eso lo sé porque que estaba viviendo en Doctor Esquerdo, recuerdo haber llorado a mi madre y a mis hermanos en la camita que tenía bajo el tragaluz de la buhardilla. Los lloraba como se llora a los muertos, y entonces me masturbó la idea de soledad.

La mañana siguiente, muy temprano, fui a la ducha yo solo para limpiarme de algo irreconocible y pringoso. Sentía cosas. Lo hice igual que lo hacen los adultos cuando alguien les ha violado. Al mismo tiempo, al hacerlo, imaginaba que ‘alguien’ me filmaba para que todos me vieran desenvolverme como a un ente que, ajeno a todo, sobrevivía en la más absoluta soledad sentimental. No sé porqué un crío piensa en esas cosas tan hondas, pero las piensa, y haciéndolo, las hace propias en una intimidad enorme y sincera que desaparece al salir a la superficie.
Por eso las guardo, porque las quiero mías, porque es el refugio que he podido encontrar para vivir mi vida y porque así es el niño al que yo he conocido.
Luego el niño se operó, se cambió de sexo y sigue ahí adentro metido. 

A los cuatro años, salí de Madrid y me fui a vivir al Levante cargando con el resto de la familia.
Yo jugaba a ser una película.
El mundo real ya me gustaba muy poco, al parecer. 

Ahora ya soy mayor.

 

 

 

 

 

_el insecto y la doncella

 

31-may-2017

Querido Diario;

 

Yo creo que llamamos puta a la vida, porque en el fondo, creemos podérnosla follar con una buena billetera. Es cara, al final está la muerte. Siempre está la muerte. Todos sabemos quién es y yo la conozco un poco.

No es nada extraño el grado de comunicación que tengo con ella, desde hace años la temo y la tiento como a una becerra.
Me retracto, a una becerra no se lo haría.

Creo haber contado ya, que un día, en una tarde de tardía primavera, miré al horizonte y de repente me quedé muerto. Es literal. Me desinflé sobre el volante de un Focus negro (TDCi), mientras esperaba a que un semáforo se pusiera en verde. Jamás he logrado saber cómo llegué hasta ese puto semáforo, y eso es fácil de entender si os digo que me quedé muñeco a causa de una sobredosis involuntaria. Un show.
Me recogieron mi madre y mi hermana, la pequeña, de una comisaría.
No me extenderé en detalles porque no quiero avergonzarlas.

Me reanimaron en una UVI móvil tras unos veinte minutos tirado sobre el volante. Muy teatral. Un follón de coches pitando cada vez que se ponía el semáforo en verde. Supongo. Lo he imaginado mil veces. La cuestión es que me jodió volver, sí, me molestó, pero a la vez, creo que me hizo más valiente ante la vida por perderle un poco el miedo. Aún así, claro que la temo; me gusta vivir. Es como el amor, son varias cosas de sentir, mezcladas. A veces es miedo y protección, a veces deseo y negación, amor y odio. Yo qué sé.

Lo cierto y verdad, es que por hache o por be, al margen de este fenómeno paranormal de yonqui en el más allá –donde no vi túnel, ni luz, ni a parientes o amigos-, sí he visto bastante muerte, ir viviendo por la linde es lo que tiene.
Asumamos que ella también forma parte de la vida.
Los seres se van; dejan lo que tenían, y se van.
Los objetos personales también se mueren, sobre todo los insignificantes.

Lo único que queda, cuando se van, es lo que ya no queda.
Es nada, y son ellos en las cosas, en su gente, en las nubes de melancolía; es sobrevivir en otros, pensado justo en el que fue tu mejor día.
La memoria es así, el recuerdo es un engaño.
Hoy he leído algo, como que “el recuerdo es como un perro tonto, le tiras un palo y trae lo que se le pone de los cojones”. Algo así. Es de Ray Loriga, creo.

Pues un poco sí miente, pero qué coño, nos merecemos perdurar pensados por alguien que nos quiso en nuestros mejores días. Tal y como esa persona quiera, o su memoria le permita. Pienso últimamente bastante en los finales. Estoy con el runrún de la muerte porque estoy pronto a despedir a alguien cercano, y no hay vuelta atrás.
Yo soy de los que no comprendo por qué la muerte, el sexo, la fealdad, la marginalidad, lo amoral, y otros tantos temas, son tan incómodos y a la vez tan cotidianos.

Siempre es una putada que se te vaya alguien muy cercano porque tu deber es acompañarle hasta las mismas puertas de la muerte, sabiendo que luego tú debes volver a la vida. Eso me hace llorar.

Es un ciclo, y como tal, con sus mil repeticiones, así te lo enseña.
Algún día, el ciclo se cerrará de manera parecida a como lo hizo en una tarde de tardía primavera, pero será por siempre jamás.

 

 

 

 

 

_lecciones

 

 

La primera vez que me enamoré, yo tenía dieciséis años.
Me había colgado ya de varias chicas, pero no llegando a nada más que un simple beso, lo platónico enterró lo pasional de aquellos labios.

Creo que a partir de entonces,
no he dejado de amar nunca de la manera que a mí me lo aprendieron.
Ella sólo me amaba si me hacía el amor.
Y digo bien.
Era ella quien hacía todas esas perrerías, yo me dejaba querer, yo era un crío ya perdido que tenía la certeza de que el amor que nos vendieron, no existía.

La he descrito varias veces. El azul de un puto lago nórdico
en sus ojos preciosos y helados, la delgadez compartida,
las manos, flores tan níveas,
que rayaban el color que chilló excitando el clítoris de mi mente.
Cabezas de trapo.

Y lo mejor los castigos. Tres meses y me dejó. Tres meses y me enseñó que no debía llamar ‘enamorado’, al estado catatónico y pueril que mojaba toda aquella cantidad de nerviosismo; estados con las puntas afiladas que abrasaban la testosterona.

De eso, una pareja de amantes a esa edad, siempre lleva el excedente guardadito en los bolsillos. En los míos y en los de ella.
Tres meses y se montó en un deportivo para ponerse tacones
y soportar que le pagasen buenas cenas. Yo no tenía de eso.

Pero ella me enseñó sus guarrerías, y me hicieron entender lo que era el sexo:
“Amor a muerte”.
A veces dolía tanto, que se ponía a gozar a manos llenas sólo con verme llorar.
Todo era tan literal como lo dicen las letras.

Es curioso dónde se va uno cuando echa de menos sentir ese tipo de amor,
o los seis o siete modos diferentes que abarcan hasta el tener sexo sin sexo.
Curiosos modos de ser. Curiosos modos de ver y sentir miedo, mirando los ojos limpios -y en el fondo también tristes-, que tiene la gran pureza de un orgasmo.

Curioso donde me fui.

 

 

_muerta flor

 

 

Flor es una prostituta deliciosa, una ninfa de 21 años que se desenvuelve completamente en el sórdido mundo de las drogas y de las huidas. Siempre suele ir con el alma desnuda, y es tan bonita como lo fue la niña que le robó los azules a un lago nórdico desolado. A la Flor se le escapa la vida, al protagonista ya se le escapó (os apunto que está muerto desde el principio), y nunca sabremos si a la postre, el amor que le estalla al muerto por esa viva, cuando ésta deje de estar operativa, logrará por fin ser algo tangible a lo que poderle dar mucha ternura. Un lío. Un final. 

Φ

Cuando llegué a las ruinas de la casa abandonada, Flor ya estaba recostada sobre las onduladas lomas que formaban el eterno escombro que un día fuera suelo; le traía flores frescas y unas porciones del amor que nunca antes pude dar, pero al llegar por fin hasta su lecho, vi solamente a la muerte salpicándome a los ojos. La eterna niña pequeña, me miró y me dijo sin sonreír: “Mal, no me canso de decirte, que nada vale las penas”.
Mojé su tez blanquecina con algunas gotas recién salidas de mis entrañas, me lo intentó repetir de nuevo: “Mal…, no… me…” El aire de toda la estancia se le metió por la boca como en una felación de la propia muerte, y pasados dos minutos, todo estalló en vacíos y en alientos de fresa que se fueron hacia el techo. Un ramo quedó en el suelo, y mientras todo eran trizas aún en el lecho de su vida, puse su mano en mi cara y todo brilló una vez más. Una última vez. Más. Todo, se me hizo nervioso.

“¿Es el final del viaje?
¿Voy a poderte abrazar?
Deja que coja las rosas…”

-fundido a negro, solo piano, final-

***

 

 

 

_cap. 12.- quién soy

Es una página apenas de una historia más larga, así que os sitúo un poco recordando que quien habla, está muerto. Lo han envenenado su novia y sus amigos. No es el protagonista de la historia, es más un narrador, que tras quedar en un limbo paralelo al mundo de los vivos, se dedica a perseguir y a estudiar el comportamiento en el hábitat de una pareja de desarraigados: Flor, una prostituta, y Flaco, un yonqui. Es un mero observador que reflexiona y aprende sobre los sentimientos, tratándose de explicar qué hace ahí sin un cuerpo que le permita interactuar, flotando en un adentro, pero fuera de la vida, y desaprendiendo cosas que le parecían importantes. Reflexiona. 

***

QUIÉN SOY

Pareciera ser que la vida, con todas las cosas que la rodean, se generase distinta para cada ser humano dentro de su cabeza, una de las primeras conclusiones que saqué en esa época etérea es que cada persona tiene una manera de entender y dibujar la vida tan personal e intransferible como los carnets de la biblioteca.
Aroa –mi novia en vida-, era huérfana desde los 5 años. Criada con la hermana de su madre, su tía la estéril, y con su sonriente marido el católico apocado chupatintas. Tíos sin hijos, los típicos mima sobrinos que van encorvados, convencidos, de que el no tener descendencia es un designio divino por algún pecado ignominioso que algún día cometieran. Era una pareja desapegada, de de ella y de todo, que simplemente puso su dinero en una mesa para mantenerla viva a base de caprichos, como si fuera una sencilla transacción en la que salvaran una vida, asegurándose una parcela en el más allá de una creencia religiosa. En el mundo de los vivos se usa mucho la palabra: amor. En realidad, es lo único tocante al sentimiento que se usa casi siempre, la palabra. Verbo hecho hijo de dioses al que le pierden el respeto y el significado. Nada que reseñar en lo tocante al sentimiento en sí. Aroa fue mi novia desde siempre, los juegos crecieron con nosotros desde la comba y la pelota hasta los médicos y los maridos; del ‘pilla-pilla’ a las caricias que empapaban y empañaban los cristales de la alcoba. Jamás me planteé qué era exactamente esa cosa del amor, simplemente lo veía en las pantallas de plasma, en el cine, o en los libros de los poetas y los clásicos que nos obligaban a leer en los colegios de pago, aunque en verdad, no lo entendía más allá del concepto, y creo que nunca supe si pude sentir nada más intenso que el cariño.
Yo tenía un futuro brillante, y ella, unas buenas caderas para alumbrar descendencia, ambos vivíamos en zonas bien y recibimos la educación en colegios e Institutos de vocación judeocristiana. Eso era el amor. En todo lo demás éramos como cualquiera de los amigos que nos rodeaba, la zona alta de la sociedad que con las manos bien cuidadas movía los hilos para que por debajo el resto subsistiera. Buena ropa, dientes blancos, niños con brackets, y perlas, y aromas de esencias florales en objetos y personas. Mírame ahora. Un alma en pena. Un conejo blanco en el purgatorio que no entiende muy bien cómo siendo el objeto de la burla y del pecado, tiene que vivir en descampados para expiar una culpa que no sabe por dónde le ha caído ¿Qué pecado me tendré que confesar para poder llegar a ese cielo que los curas prometieron a mi abuelo? En realidad, no sé si tengo que expiar culpa alguna, o esto es lo que nos espera a todos. No. Qué va. Dudo que esto sea para cualquier pecador, porque si no, me habría cruzado ya con alguno. Y no. Joder, esto es un lío.

 

 

_que me dejen

 

Φ

Todos sabemos –o al menos ese es mi caso-, que el don de escribir y comunicarte es una especie de terapia que en el caso de quien os habla, se ha tornado además en ‘un algo’ curativo. Da igual poesía, que prosa; lo único que trato siempre es de explicarme, de entender un poco más cómo es la vida, y de intentar transmitir las cosas como yo las siento. Estoy convencido de que muchos de los que leáis esto, vais a llevaros la sensación de que soy un majadero prepotente, que me tildo de actor independiente, y que por el hecho de serlo y de haber vivido de una determinada manera, ya considero que soy un personaje singular. La interpretación hace al mensaje, y en ese corto trayecto, deja de ser algo propio para convertirse en un simple prejuicio; que puede que eso sí que valga con un ser humano cualquiera, pero con un bicho raro, no. No gastaré mucha saliva en decir que, si lo pensáis, estáis completamente equivocados. Me sucede también cuando digo: “Te amo”. Lo vivo diferente.

No soy diferente porque sea mejor, quizá sea al revés porque por lo general yo no doy “la talla”; pero eso sí, tampoco amo dando derecho a que me posean, o a poseernos en conjunto metidos en una casita de madera rodeada de vallas blancas. El bicho raro ni se plantea que al decir “te amo”, no está diciendo que te ama; lo que le sucede, es que tiene el convencimiento de que eso no va a durar en el tiempo, ni tiene por dónde cogerlo. Sencillamente es un te amo que se malinterpreta. Ahora estoy escuchando vuestro murmullo, diciendo: “Claro, así justo pienso yo, qué te creías tú, que eras un iluminado”. Perdonad que me sonría. Solemos tirar mucho de ‘Carpe diem’, pero la casita y los dos niños, el perro, el derecho a vacaciones, el coche, y el plan de pensiones con la misma compañía que el seguro del hogar, tienen que ir trenzados a todo eso que yo te amo, y además, tienen que ser todos juntos en un eterno ‘para siempre’.

Permítaseme opinar que vivimos el sexo y el amor de manera consumista, y encima, si no puedes plantearte las relaciones dentro de esos parámetros (empleo-estabilidad-familia-bienes-jubilación), lo que hacen es excluirte, marginarte, y llevarte de la mano al único lugar donde vas a poder respirar: la soledad. No veo a mucha gente por aquí, la mayoría no ha aprendido a soportarla.

Escribo, además, porque tengo el derecho (y porque me sale de los huevos) a pensar que, sin ser mejor, soy un solitario absolutamente distinto a la mayoría.
“Todos y cada uno de nosotros, somos diferentes”. Si veis prepotencia cuando digo que, efectivamente, todos somos diferentes; pero que la mediocridad imperante (artística, cultural, y de sentimientos), me permite decir en voz alta, que la mayoría de la gente es diferente metida hasta la cintura en su mediocridad, repito, si ahí notáis prepotencia, no creo que sea un problema mío.

¿Eso me hace a mí mejor?

No. Pero me hace diferente. Y el hecho de sentirlo adentro diciendo que no lo soy, me haría partícipe de una falsa modestia, políticamente correcta, que me apesta simplemente de pensarla. Respeto. Es lo único que podemos hacer, es lo único que nos debemos. Y yo respeto al mundo.

Φ

_antiguallas

 

Miércoles. Mayo 1998.

Querido diario.

 

Palma de Mallorca. No con una adicción extrema, pero la suficiente como para que después de quedarme tirado y solo en la calle, tuviera recurrir a cambiar beneficencia por desintoxicación. Es un trueque en el que no pagas con dinero, pagas con neuronas. El desgaste de año y medio ya, sin rezar, y metido en una comunidad hostil de Evangelistas conversos, me está empezando a hacer mella. Me adapto.
A los cuatro meses ya empecé a hacer trapicheos, moviendo muebles, con la libertad de conducir un furgón grande de la marca Mercedes. Me adapto. Tienen un local donde se revenden después dichos muebles y que regenta otro yonki. Con el tiempo, hemos llegado a ser buenos colegas. Además, el tío, es mogollón de espabilado. Vendemos auténticas joyas de anticuario ingresando mucho dinero a ‘la causa’ para la que trabajamos. Bueno, la mitad, de la mitad, de la mitad. Pero aun así es un dineral por una silla, o por una mesa; y los jefes, auténticos ignorantes con cargo de pastores o de lerdos ungidos con aceites bendecidos, bailan el cha cha cha porque le sacamos veinte mil pelas a una mesa vieja. Yo algo sé de antiguallas, y el otro cabrón, el de la tienda, ese es un marujón capaz de vender en inglés cualquiera de esas piezas, por una pasta. Es nieto de extraperlista, hijo del contrabando de las costas de Galicia, y muy conocedor también, por su abuelo, de lo que son piezas buenas y muebles con una cierta antigüedad. Yo sé algo por mi viejo ya que tuvo un anticuario, así que los libros y las piezas antiguas por casa, eran muy habituales durante gran parte de mi infancia.
Y nos hemos venido a juntar aquí. Curioso.
El promedio cultural del jubilado que compra haciendas y caserones rurales en Mallorca, también deja mucho que desear en ese campo, sólo hay que fijarse bien, y ser un poco espabilado. La semana pasada, de una de esas casas a las que fui para limpiarles un comedor a una pareja de holandeses, recuerdo que saqué verdaderas joyas. No tenían ni puta idea de lo que tenían. Solicitaron que me llevara una mesa y seis sillas Isabelinas hechas con una madera oscura como el nogal. Yo, después de mirar al conjunto con desdén, les dije que eso era basura, que nosotros vivíamos de re-vender los muebles en buen estado, pero que aquel comedor completo, era una puta basura.
Aunque eso se lo dijeses con buenas maneras, que fue el caso, te jugabas el que te mandaran a tomar por culo y se perdiera todo el negocio, pero mientras se lo pensaban, yo hacía el papel de buen samaritano, y como haciéndoles un favor, les decía que daba igual, que se lo retiraría igualmente, gratis, dejándoles el comedor ‘limpio’ para sus preciosos muebles de Ikea. Eso sí, al no poder venderlos, les expliqué que yo mismo tendría que ir tirarlos en el vertedero municipal, en la sección ‘madera’. Entonces los vejetes se pusieron otra vez muy contentos, y entré en la fase dos. Entramos ya en el ‘acoso y derribo’. Ataqué finalmente con el tema de que yo les hacía ese favor, sin ningún problema, con la única condición de que ellos pagasen simplemente el canon que cobraban para poder entrar al basurero, y así reciclarla. Conciencia Medioambiental. Menudo cabrón. Todo el trabajo de sacarlo, ponerlo en el camión, llevarlo al punto, tirarlo en la sección ‘madera’, el gas-oil…, todo eso correría a cargo nuestro. Pido sólo un talego para el pago de la “escombrera” (así se llama en Palma al vertedero), que es un precio muy moderado. En realidad es gratis.
Los guiris normalmente son jubilados de buena posición económica, paletos, pero generosos, ya que siempre nos ponen unas cervezas con algo para picar (artículo prohibido en el centro) una vez que terminamos el trabajo. No contentos con eso, éstos, aparte de “pagarnos” la escombrera e invitarnos a cerveza, nos endiñaron unas generosas propinas. Joder. Tanta amabilidad vi en sus rostros, que les propuse llevarnos, totalmente gratis, también, el mueble alacena del mismo comedor, con todas las ‘mierdas’ que tenía adentro. Y así fue. Y eran buenas mierdas. Resultado, seis mil pesetas en la saca, y un comedor completo de estilo Isabelino, que vendimos el sábado en el mercadillo de anticuarios por doscientas mil pelas. Sí, doscientas. Le dimos cien a los jefes, y lanzaron loas ese sábado en el culto, como si el espíritu de sus cosas les hubiera venido a visitar. No sé qué cojones hacen con el dinero, ni me importa; a mí lo que me interesa, es que yo vivo bastante bien con mis creencias unipersonales, y más teniendo en cuenta que estoy en un centro de rehabilitación.

Ya sólo me queda medio año.